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A respetar la vida, se aprende.

A respetar la vida se aprendeDe esto se trata, nada menos. Uno vive si puede honrar la vida en cada acción, sino sobrevive. A esto nos referimos: al valor que tiene la misma para cada uno. A respetar la vida se aprende, a cuidarla se educa.

Es peligroso para una sociedad acostumbrarse a la muerte, habla de una comunidad no civilizada. En estos tiempos, parece que la sociedad refleja a través de las conductas de sus jóvenes, ciertos signos de barbarie.

Poner en peligro la vida del otro o la propia, es realmente serio, sobre todo teniendo en cuenta que el fin muchas veces es “pasarla bien”. Creo que los precios a pagar son muy altos y los medios que se utilicen a estos fines dan lo mismo, desde manejar borracho hasta encender una bengala, pasando por rayar antidepresivos en la “jarra loca” o utilizar sedantes para caballos, ¿quién juzga que es más grave?, está la vida, siempre es gravísimo.

Los padres tenemos mucho que reflexionar y mucho que hacer.

Así como la muerte es un signo de barbarie, la incapacidad de asumir las propias responsabilidades es una señal de inmadurez. En la Argentina “la culpa siempre es de alguien, menos mía…”. Tratándose de los padres, delegar las propias responsabilidades es más que un signo de inmadurez y puede convertirse quizás en el motor de un desenlace inesperado.

Es responsabilidad indelegable de los padres enseñarles el cuidado de la propia vida a sus hijos. Esto, que a simple vista parece una obviedad, no lo es. Cuando un joven se expone innecesariamente a un peligro que puede costarle la vida es, porque a veces, le faltó la comunicación suficiente con sus padres.

Seamos honestos y adultos, nuestros hijos están muy solos, inclusive a veces, bajo la protección de quiénes ya han demostrado que no los van a proteger.

Es muy triste ver como los adolescentes aparecen en los medios de comunicación (en una playa de Punta del Este o en un barrio marginal) hablando del éxtasis como si fueran graciosos o contando anécdotas sobre sus primeras vacaciones “de novios” sin el menor compromiso con el futuro, coincidiendo siempre en un punto: solos.

Nuestros hijos están en peligro más allá de las puertas de emergencia o de las autoridades de turno. La seguridad de nuestros hijos requiere educarlos en el amor a la vida desde muy pequeños, de manera que sean ellos los que digan, cuando les toque decidir por sí mismos, “esto no vale la pena, porque mi vida tiene sentido”. Para eso debemos ser adultos con presencia, comprometidos con la vida y no reactivos con la muerte.

Quizás podríamos empezar ayudando a nuestros hijos a mostrarle que “no es lo mismo que vivir, honrar la vida”.

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